viernes, 4 de febrero de 2011

POR PISTAS FORESTALES RIOJANAS

El pasado domingo a pesar de que amaneció lloviendo, salimos a fotografiar. En un principio creía que no lo haríamos, ya que pensándolo bien, salir a fotografiar en un día de lluvia, la verdad  es que no es lo más apropiado, pero como esto del blog me lo he tomado muy enserio, pues allí que nos fuimos. También tengo que decir que no llovía con mucha intensidad y llevando un buen paraguas....
 Esta vez nos dirigimos hacia la comarca de La Rioja Baja, para ser más concretos al Valle de Ocón, pero como solemos hacer cada domingo lo primero fue buscar un buen sitio para almorzar, y tomarnos como también se suele decir, un cafelito.
Al primer pueblos que fuimos fue a Santa Lucia, un poco antes de llegar nos dimos cuenta de que estaban cayendo pequeños copos de nieve, que al chocar contra la luna del coche desaparecían, paseé por el pueblo bajo el paraguas y tomé varias fotos, en las que se aprecian los copos de nieve cayendo. De allí fuimos a la Villa de Ocón, Las Ruedas de Ocón, Pipaona, Molinos de Ocón, Oteruelo, Aldealobos, como podréis ver un montón , teníamos pensado ver tres pueblos más, pero ya estábamos cansados y lo dejamos para el siguiente domingo.

Al llegar a la Villa de Ocón nos llevamos la sorpresa  de encontrarnos todo el pueblo cubierto de nieve, unos 500mtrs. antes de llegar, la carretera estaba toda cubierta con una capa  de unos cuatro dedos de espesor, igual que lo estaban sus calles, y la cosa parecía que iba a más ya que no cesaba de nevar. Tenía dificultad para caminar ya que el calzado que llevaba no era el apropiado para caminar por la nieve. Pero me lo pasé muy bien y disfruté de mi paseo pos las calles cubiertas de nieve. Al poco de estar por el pueblo como ya es habitual en muchos de los pueblos que visito, escuché el claxon de un vehículo que circulaba pitando, me imaginé que sería el que les lleva el pan y alguno que otro alimento.



Enseguida los vecinos de la Villa de Ocón empezaron a salir de sus casas hacia la camioneta para comprar el pan, le escuché decir al vendedor ambulante, que con el día que hacia no subiría a Santa Marina, ya que suponía que allí la carretera estaría peor.
Le dije que si no le daba pena dejarles sin pan, a lo que me sonrió, comprendí que era arriesgado hacerlo, pero me acordé de los vecinos de Santa Marina, allí en lo alto del monte solos e incomunicados.



Entonces me acordé de cuando estuve allí y conocí a Benito, el cabrero y al señor que bajamos a Logroño, ya os comenté que ese día mi marido se quedó con las ganas de haber continuado el camino por las pistas forestales. Pues os tengo que decir que nada más que llegó el buen tiempo, un día nos levantamos y allí que nos dirigimos. Esta vez me quedé un poco desilusionada ya que nada más llegar al pueblo, y sin entrar en él nos desviamos hacia un camino de tierra que está en muy buenas condiciones, justo a la derecha.
 A mi me hubiese gustado más parar en el pueblo y volver a caminar por sus calles, pero no fue así, Desde el camino puede ver esta bonita vista del pueblo de Santa Marina, esta vez se veían coches y había movimiento de gente por sus calles, ya es sabido que en verano muchos suben allí y habitan las casas que durante el crudo  invierno quedan sus puertas y ventanas cerradas "A cal y canto"



Este camino nos llevó hasta La Santa un pueblo abandonado y deshabitado que se encuentra situado en el valle del Alto Jubera, tengo entendido que hasta el año 1981 hubo gente allí viviendo.
Todas sus casas estaban derruidas, tan solo había una que la habían convertido en un establo de vacas, seguramente ellas se cobijaban allí del frío y de la lluvia. De repente nos sorprendió verlas caminar por sus calles, en cada esquina o rincón me encontraba con una asomando sus grandes cabezas, como vecinas curiosas y extrañadas de vernos por allí merodeando por sus casas y, preguntándose ¿Qué hacen estos dos locos por aquí fotografiando estas casas rotas?
Muchas de las piedras con las que sus casas habían sido construidas estaban por los suelos de sus calles, y dificultando el poder caminar bien por ellas, también se encontraban llenas de maleza que poco a poco iba cubriendo sus paredes y trepando hacia sus tejados.
Me encontré con estos panales de abejas, seguro que saldrá una rica miel de ellos, ya que las abejas de esa zona polinizan sobre plantas que no contienen ningún pesticida, ya que por allí no hay ningún cultivo, solo las plantas del campo, las de toda la vida como el romero, manzanilla etc;
     




Retomamos nuestro camino diciéndole adiós a La Santa, desde lo lejos se podía apreciar el rojo de sus tejas que resaltaba con el color de la piedra de sus casas 



El paisaje era una maravilla, cuando voy por esos parajes lo disfruto mucho, allí en lo alto sentada en el coche y en medio de la nada. La vista es preciosa, se ven todos los montes, se puede distinguir la diferencia de tonalidades  de los montes, que van perdiendo intensidad conforme se van distanciando. En esos momentos recuerdo a Ana María, mi profesora de dibujo, en Lima. Recuerdo un día que ella en clase ya que yo estaba pintando un paisaje con montañas y todas las pintaba con tonalidades casi iguales. Ella corrigiéndome, me decía que así no se diferenciaban las que estaban delante de las de atrás, y como yo no entendía su explicación, me sacó fuera de la clase y me mostró los montes que se veían en la distancia, "La Cordillera de Los Andes" y me hizo ver que los primeros se ven más oscuros, sus verdes o marrones se pueden apreciar más y van perdiendo intensidad hasta convertirse en un gris muy claro, entonces me di cuenta y entendí su explicación.
Pues mientras voy sentada en el coche y admirando el paisaje, también suelo pintar paisajes en  mi mente.



Dejamos atrás los molinos moviendo sus aspas al compás del viento, todavía recuerdo el sonido que producían al hacerlo. Cuando bajé del coche para fotografiar el paisaje quedé impresionada por su tamaño y el zumbido que producían. 
El color de la tierra empezó a cambiar de color, cada vez era más rojizo y comenzamos a ver granjas, eso nos dio a entender que ya nos estábamos acercando a alguna localidad, el camino atravesó un pequeño barranco, como si allí hubiese habido un pequeño riachuelo, o eso me pareció. De repente nos vimos metidos en el interior de un pueblo, al salir a la carretera vimos que estábamos en Herce un pueblo que se encuentra entre Arnedillo y  Arnedo, nos dirigimos hacia este último donde paramos a comer, pues ya pasaban de las dos de la tarde,  al llegar allí y a pesar de que todavía nos quedaba regresar a Navarrete ya dimos por terminada nuestra aventura.